El tremendo discurso de Roca Rey en la Gala: «Lo contrario del progreso no es la tradición, sino que alguien decida por ti qué amar» (VIDEO)

5 de febrero de 2026/Suertematador.com

Andrés Roca Rey emocionó en la gala de San Isidro con un discurso sobre la vida, el arte y la libertad que dejó a todos los presentes sin palabras. El torero reflexionó sobre su camino, sus sueños y la esencia de la tauromaquia como un arte que se siente y se vive. Este fue:
La vida son etapas. Crecemos y a medida que lo hacemos, el interior empieza a hablar cada vez más fuerte. Aprendemos a mirar con intención lugares que antes pasaban desapercibidos. Todo pasa, pero también todo se queda, porque el corazón del artista siempre regresa al sitio en el que comenzó su camino, en el que nacieron sus sueños y, algún día, si todo fue bien, permitió hacerlo realidad. Y así es esto: o eres o no eres. O pasa o no pasa. A veces pasa como sueña y a veces no. Pero de lo que uno nunca se arrepiente es de hacer las cosas desde el amor. Solo el arte nos hace libres, nos hace valorar la vida precisamente porque sabemos que es frágil, y en ese equilibrio nace la entrega verdadera. Dar todo lo que tienes y todo lo que eres. Vivimos en un mundo muchas veces rápido, material, ruidoso, que a veces intenta acallar lo más puro, lo que nace del alma y brota de las entrañas.
Recuerdo salir del hotel Vincci de Madrid rumbo a la plaza de Las Ventas. Sentía que el futuro se tambaleaba, que los sueños por los que lo había dejado todo podían escaparse de las manos, y entonces me habló muy fuerte aquel niño que soñaba con hacer el paseíllo en esta plaza. Me pidió que me entregara de verdad a la pasión, al toro, a la vida e incluso a la muerte. Ese niño se entregó por completo y el futuro de pronto se convirtió en presente. Crucé por primera vez ese arco. Es un privilegio pertenecer a este mundo del toro, un arte vivo, un arte que estremece el alma y va más allá de lo que se ve, y crea un huracán de emociones que atraviesa la vida. Un arte que es real, que lo exige todo pero también es verdad que te lo da todo. Nace, vive y, como la vida, permanece incluso cuando termina, en el recuerdo, en la nostalgia de las grandes faenas y en los sueños de quienes en algún momento vendrán.
Pero la verdad también duele, porque el artista no existe tras la persona, y muchas veces la persona no duele tras el traje de luces. Hasta que un día se rompe el torero, el que aguanta, el que calla y el que exige día a día. Y ahí no hay aplausos, solo el silencio, un silencio que pesa y que te enfrenta a ti mismo, a tus miedos, a tus dudas y a la persona que habías dejado atrás. Y duele, pero también limpia. Porque cuando se apaga el ruido, ahí entiendes que todos somos más frágiles de lo que aparentamos y más fuertes de lo que pensábamos. Entonces te reencuentras contigo, con el niño que soñabas, con el que no buscaba gloria sino verdad, la verdad de la vida, la verdad que nos hace libres, que a veces incomoda pero nunca debería silenciarse. Porque este arte no le pertenece a nadie, no entiende de colores ni de ideologías, no lo reduzcamos a eso, es un arte que durante siglos ha inspirado muchísimas otras artes. Por eso que nadie le robe los sueños a un niño, que nadie quite a un joven esa libertad, que nadie cierre la puerta a quien sienta la llamada de este arte incluso antes de entenderla. Porque lo contrario del progreso no es la tradición, sino que alguien decida por ti qué mirar o qué amar. La tauromaquia es la vida sin máscaras, es la conciencia de nuestra fragilidad. Respetemos, aprendamos a convivir, porque este arte no se impone, se ofrece. No se explica, se siente. Y mientras alguien se emocione, este arte seguirá vivo. No por costumbre ni inercia, sino por libertad.
Lo contrario del progreso no es la tradición, sino que alguien decida por ti qué mirar o qué amar.

 

 

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