18 de abril de 2026/Javier Fernández Caballero/Foto: Procuna
No fue cuestión de sensaciones, sino de hechos. De dos faenas grandes. De dos momentos de verdad. De una tarde que llevaba nombre propio desde que el de Espartinas se fue a los medios en el segundo. Allí empezó todo. Un toro encastado, exigente, de los que no regalan nada, y un torero dispuesto a gobernarlo. Le costó cogerle el pulso, sí, porque aquello no era un manantial, sino una pelea. Pero cuando Borja entendió que el secreto estaba en la izquierda, cambió el aire. Los naturales brotaron con mando, con ese pulso firme que convierte la codicia en temple. Sevilla lo vio. Sevilla lo pidió. Pero el palco no. Primera herida: una oreja que se quedó en el limbo.
El cuarto fue otra cosa. O mejor dicho, fue todo. El toro de la Puerta del Príncipe. Y el Borja de las grandes citas. Volvió a la zurda, volvió al tiempo, volvió a ese concepto de dejar la muleta muerta y mandar sobre la embestida como si fuese dócil desde siempre. Pero no lo era. Había que hacerla. Y la hizo. Serie a serie, con la plaza entregada, Borja fue construyendo una faena maciza, de poso, de gusto y de mando. De dos orejas. Sin discusión. Hasta que apareció la espada. Y lo que estaba ganado se escurrió como arena entre los dedos.
Ahí se rompió la tarde. No porque faltase toreo, sino porque faltó acierto. Porque con la oreja del segundo y las dos del cuarto, la historia estaba escrita: Puerta del Príncipe, paseo triunfal y Sevilla rendida. Pero la historia, ya se sabe, también la escribe el acero.
Abrió plaza Manuel Escribano con ese compromiso que en Sevilla siempre suma. Prendió la mecha con el capote ante un primero muy en tipo de toro de Victorino Martín, serio y con poder, al que banderilleó con solvencia antes de construir una faena de menos a más. Le costó entender las teclas de ‘Placentino’, áspero al principio, pero terminó por encontrar el pulso al natural, donde el toro llegó a planear. El esfuerzo tuvo eco, aunque una estocada trasera diluyó cualquier premio.
Lo demás quedó en segundo plano. Con el tercero dejó su sello de entrega, conectó de salida con los tendidos y firmó momentos de mérito, pero para cuando pasaportó a la raspa que hizo quinto la tarde ya tenía un eje claro. Y ese eje era Borja.
El sexto aún le ofreció una última bala al de Espartinas, pero sin fondo ni continuidad. Borja quiso, insistió, templó, pero ya no era lo mismo. La tarde se había ido antes, en ese instante en el que la espada negó lo que el toreo había conquistado.
Y así, Sevilla se quedó con la sensación amarga de lo que pudo ser y no fue. Porque hoy Borja Jiménez toreó como un príncipe. Pero sin espada, en esta plaza, no hay corona.
FICHA DEL FESTEJO
Sábado, 18 de abril de 2026. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Feria de Abril, octavo festejo de abono. Corrida de toros en mano a mano. Lleno de ‘No hay billetes’.
Seis toros de Victorino Martín, variados de tipo y de correcta presencia, excepto quinto y sexto. Exigente pero agradecido el entipado primero; enfondado y codicioso el humillador y buen segundo; encastado y exigente el bravo tercero; profundo, enclasado y con mucha entrega el extraordinario cuarto; díscolo y revoltoso el vergonzoso quinto; de gran clase y escaso poder el sexto.
Manuel Escribano, de marino y oro: ovación, silencio tras aviso y silencio.
Borja Jiménez, de gris plomo y oro: vuelta al ruedo tras aviso, vuelta al ruedo y silencio.