16 de septiembre de 2026/José Miguel Arruego
El matador de toros mexicano Fermín Rivera Agüero confirmará el próximo domingo su alternativa en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid. No llega el potosino a la capital española únicamente avalado por sus dos décadas como matador en activo, sino como el depositario de un árbol genealógico que unifica tres vertientes fundamentales de la historia del toreo. Su concepto, sustentado en la pureza de la colocación y la sobriedad en el embroque, responde a una decantación natural de los estilos de sus ancestros, lejos de cualquier artificio comercial.
Para comprender la estructura interna y la estética de Fermín Rivera, es obligatorio rastrear su sangre, que une de forma directa a las dos patrias que tiene el toreo:
El Legado Mexicano: Es nieto directo del gran maestro potosino Fermín Rivera Malabehar (fundador de la estirpe en 1935) y sobrino del añorado Francisco Martín «Curro» Rivera, figura que conmovió los cimientos de Las Ventas de Madrid en los años setenta del pasado siglo.
La Raíz Española (Vizcaya): Por la vía materna, su herencia conecta con la península ibérica. Su abuela fue la dama vizcaína Ángeles Agüero Ereño, hermana del legendario matador bilbaíno Martín Agüero, uno de los estoqueadores más perfectos de la Edad de Plata del toreo español.
– Fermín Rivera Malabehar (Abuelo): Fundador de la dinastía en 1935. Fue un torero de corte eminentemente lidiador, dominador, largo y poseedor de una solvencia técnica incuestionable. Su tauromaquia se cimentaba sobre la base del conocimiento exacto de los terrenos y las distancias. De él hereda su nieto la seriedad conceptual, el magisterio riguroso y la concepción clásica del toreo entendido como dominio y sometimiento.
– Francisco Martín «Curro» Rivera (Tío): Figura indiscutible en los años setenta. Aportó una dimensión lúdica, vigorosa y de enorme impacto público. Creador del «cite psicodélico» —recursos a larga distancia para fijar la mirada de las reses— y del pase en redondo bautizado como el «circurret». Dominaba el pitón derecho con una velocidad de ejecución pasmosa pero sin perder trazo. Curro legó a la estirpe esa facilidad innata para conectar y mandar en los ruedos ibéricos, donde llegó a cortar cuatro orejas en una sola tarde en Las Ventas.
– Martín Agüero Ereño (Tío abuelo): Matador bilbaíno de la Edad de Plata. Pasó a la posteridad taurina con el sobrenombre de «El rey del volapié» debido a su asombrosa e infalible efectividad con la espada. Su ejecución de la suerte suprema se caracterizaba por cruzar los brazos con una decisión técnica impecable y una frialdad matemática. Aporta al linaje la sobriedad norteña y la rectitud en el momento de la verdad.
Esta aleación genética motiva que su muleta convivan dos realidades: la cadencia suave del Bajío mexicano, que permite reducir la velocidad de la embestida sin romper el trazo del pase, y el rigor geométrico español, todo asentado sobre las zapatillas con la firmeza del toreo más ortodoxo.
A lo largo de sus dos décadas en el escalafón superior, Rivera se ha ganado el respeto unánime de los públicos más exigentes de su país. Su trayectoria está marcada por faenas de peso en cosos de primera categoría, destacando su idilio con la plaza de Aguascalientes, Guadalajara y la Monumental de Insurgentes.
La Fusión Invisible: El Sello Rivera en la Tauromaquia Actual
Pero el verdadero valor de la propuesta de Fermín Rivera radica en cómo logra ligar y fundir las dos grandes corrientes de la Tauromaquia:
La hondura y el dominio de la técnica española: Rivera destaca por un planteamiento de la lidia profundamente serio. Su colocación es siempre pura, ofreciendo el pecho, cargando la suerte y buscando el pitón contrario de los astados de acuerdo al manual del toreo clásico ibérico. Su preparación incluye un minucioso toreo de salón donde perfecciona la geometría del pase.
El abandono y el sentimiento mexicano: Cuando Rivera logra el acoplamiento, brota el temple milagroso propio del ADN azteca. Su muleta no golpea, sino que acompaña las embestidas con una tersura que reduce la velocidad del toro a ritmos inverosímiles, logrando ese muletazo largo, bajo y cosido a los vuelos que apasiona tanto aquí como allá.
En definitiva, Fermín Rivera Agüero no es un torero de piruetas ni efectismos. Su tauromaquia es un manifiesto estético que demuestra que el toreo clásico no tiene fecha de caducidad y que la comunión entre el alma mexicana y el rigor español sigue dando los frutos más puros del arte universal
La Cita del 20 de Septiembre en Las Ventas
No hay mejor escenario para que un torero de dinastía selle su comunión con la historia que la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid. En un acto de estricta justicia poética y tras una dilatada trayectoria de madurez, Fermín Rivera Agüero pisará la arena capitalina el próximo domingo.
La empresa de la monumental madrileña ha enmarcado este trascendental doctorado en uno de los ciclos predilectos de la afición más exigente de la capital: el emblemático ciclo de los desafíos ganaderos de septiembre. Rivera alternará junto a Damián Castaño y Gómez del Pilar para lidiar un encierro compuesto por astados de las legendarias divisas de Veiga Teixeira y Partido de Resina (los antiguos y míticos toros de Pablo Romero).
Asumir la confirmación en Madrid en pleno formato de desafío y ante dos hierros de semejante cuajo y exigencia es el fiel reflejo de su ética profesional. El torero mexicano acude a la llamada de Las Ventas dispuesto a validar la sobriedad y pureza de su concepto frente al toro con trapío íntegro.
Al cruzar el patio de cuadrillas, Fermín no solo llevará consigo el poso y el magisterio acumulados en sus dos décadas de alternativa, sino también el alma de su abuelo Fermín Rivera Malabehar y la casta bilbaína de los Agüero. En las telas de su muleta, el misticismo del temple azteca se fundirá definitivamente con el veredicto definitivo de la cátedra española, bordando en oro un capítulo imborrable en la historia de esta dinastía transatlántica.