Sevilla se rinde a la sabiduría de Luque

25 de abril de 2026/Javier Fernández Caballero/Foto: Procuna

Sevilla no se entrega por capricho. Lo hace cuando reconoce algo que está por encima del momento, del toro incluso, del propio ruido de la plaza. Cuando aparece la cabeza, el mando y el conocimiento, la Real Maestranza de Sevilla baja la guardia. Y eso fue lo que ocurrió con Daniel Luque: una lección de sabiduría frente a una corrida de Juan Pedro Domecq que nunca terminó de entregarse.

El cuarto marcó la tarde. Luque lo entendió desde el primer capotazo, desmayado, con las manos bajas y el gusto suelto hasta esa larga cambiada que ya anunciaba otra cosa. No lo brindó. No hacía falta. Sabía que todo dependía de él. Empujó desde el inicio, ganando terreno con la pierna genuflexa, obligando al toro a romper hacia adelante. Ahí apareció el torero sabio: el que mide las alturas, el que encuentra los tiempos, el que sostiene cuando el toro duda. Naturales de trazo sincero, aguantando parones, miradas inciertas, falta de poder. Pero siempre por encima. Se hizo dueño de la embestida que no existía. Y cuando entró a matar, incluso con el toro adelantándose, no falló. Estocada rotunda. Oreja. Y aun así, supo a poco.

Antes, en el primero, ya había dejado claro Luque por dónde iba la tarde. Armónico el toro, con cierto son en el capote, que el de Gerena gobernó con suavidad y compás, hasta una doble media con un punto de embriaguez. Brindó a los compañeros y pronto comprendió la condición del animal. Tres muletazos bastaron para encontrarle la altura, y desde ahí construyó una faena de inteligencia pura, empujando a un toro sin transmisión. No había emoción, pero sí una lección de cómo hacer el toreo cuando no pasa nada. Lo hizo todo bien y se fue en silencio.

El quinto permitió ver a Juan Ortega frente a un manso que nunca quiso. Desde el capote ya avisó de su condición, quedándose corto, mirando y esperando. Ortega no lo violentó. Lo entendió. Supo encelarlo, jugar con sus querencias, clavar la rodilla y dejar que fuera y viniera hasta robarle una serie de derechazos que el público celebró con ansia. El secreto era no imponer nada, no exigir lo que no estaba en su naturaleza. Y cuando logró templarlo, aquello tomó forma. Hubo poso incluso en la dificultad, hasta pinchando antes de la estocada. Será que lo tiene.

El segundo fue otra historia. Ortega dejó un toreo a la verónica de una belleza incuestionable, como las hechuras del animal. Pero la falta de fuerza marcó el resto. Inicio limpio, con empaque, pero el toro soltaba la cara, sin ritmo ni clase. Más mérito tuvo limpiar que ligar, y aun así la obra no rompió. El tendido pidió abreviar y el silencio fue el destino final tras el fallo con la espada.

El tercero permitió a Pablo Aguado dejar un saludo capotero espléndido, templado y con gusto, antes de que el toro echara el freno. Brindó a la infanta Elena y se echó de rodillas en un inicio bellísimo, con remates que encendieron la plaza. Pero el animal volvió a mostrar la misma falta de espíritu que sus hermanos. Aguado buscó el natural largo, el trazo profundo —y lo encontró en uno que hizo rugir al tendido—, pero todo quedó en destellos. Pinchazo, herida en la mano al resbalarse el estoque y estocada corta. Silencio. El sexto fue un querer sin materia. Aguado lo intentó pronto, sabiendo que tenía las arrancadas contadas, pero ni hubo entrega ni profundidad. Todo quedó en voluntad.

La tarde ya estaba resuelta desde antes. Porque cuando el toro no empuja, el toreo se queda desnudo. Y ahí solo quedan los que saben. Luque no necesitó que pasaran cosas: hizo que pasaran desde su cabeza. Ordenó el caos, sostuvo lo que se caía y encontró sentido donde no lo había. Y Sevilla, que distingue como pocas, no tuvo dudas. Se rindió.

FICHA DEL FESTEJO

Viernes, 24 de abril de 2026. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Feria de Abril, decimotercera de abono. Corrida de toros. Lleno de ‘No hay billetes’. 

Toros de Juan Pedro Domecq, serios y bien hechos. De gran calidad el primero, sin transmisión ni poder; carente de fondo físico el noble segundo, a la defensiva; de entrega sin fondo el colorao tercero; agradecido y con fondo el exigente cuarto; mansurrón pero obediente el castaño quinto; escaso de raza y de voluntad el bobalicón sexto.

Daniel Luque, de tabaco y oro: silencio y oreja tras aviso.

Juan Ortega, de palo de rosa y oro: silencio y ovación. 

Pablo Aguado, de teja y oro: silencio y silencio. 

Cuadrillas: Saludó Iván García tras baderillear al sexto.

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