17 de junio de 2026/Cultoro
Hay fechas que permanecen grabadas para siempre en la memoria del toreo. El 17 de junio de 2017 es una de ellas. Aquel día, en Aire-sur-l’Adour, un toro de Baltasar Ibán segó la vida de Iván Fandiño, uno de los toreros más valientes, auténticos y comprometidos de su generación. Nueve años después, su recuerdo sigue tan vivo como entonces, porque Fandiño no fue sólo un matador de toros: fue una forma de entender el toreo basada en la verdad, el sacrificio y la rebeldía.
Su desaparición conmocionó al mundo taurino. Apenas unos minutos antes había dejado otra muestra de su profesionalidad y de su capacidad para imponerse a cualquier circunstancia. Como tantas veces hizo a lo largo de su carrera, estaba anunciado en una corrida dura, lejos de los caminos cómodos, afrontando hierros y plazas que otros evitaban. Así construyó su trayectoria. A base de esfuerzo, de golpes, de puertas cerradas y de una determinación inquebrantable.
Hablar de Fandiño es hablar de un torero que se ganó cada paso que dio. Desde sus gestas con las ganaderías más exigentes hasta sus triunfos en Madrid, Bilbao, Pamplona o Francia, siempre eligió el camino de la dificultad. Nunca esperó regalos. Se abrió paso por méritos propios hasta convertirse en una figura respetada por los aficionados más exigentes.
Entre las muchas imágenes imborrables que dejó su carrera sobresale aquella histórica encerrona de seis toros en Las Ventas, el 29 de marzo de 2015. Madrid vivió aquel día un ambiente irrepetible. Las calles adyacentes a la plaza rebosaban expectación, el metro parecía en hora punta y el cartel de «No hay billetes» colgó de las taquillas sin el respaldo del abono. Toda la Tauromaquia miraba hacia un hombre dispuesto a jugarse el prestigio y la carrera en solitario ante seis ganaderías distintas.
El resultado artístico no acompañó como muchos habían soñado, pero el tiempo ha colocado aquella apuesta en el lugar que merece. Fue una de las mayores demostraciones de compromiso que se recuerdan en el toreo moderno. Una tarde que marcó una época y que reflejó como pocas la personalidad de Fandiño: desafiar lo establecido, asumir riesgos y poner siempre la verdad por delante.
Paradójicamente, después de aquella encerrona llegaron algunos de los momentos más inspirados de su trayectoria. Su concepto evolucionó hacia una dimensión artística que a menudo quedó eclipsada por la imagen del torero heroico.
Hoy, nueve años después de aquella tragedia en Francia, el nombre de Iván Fandiño continúa despertando respeto y admiración. Su legado trasciende los números y los trofeos. Representa una manera de ser torero que difícilmente pasa de moda: la del hombre que nunca se escondió, que aceptó todos los desafíos y que defendió su sitio con una dignidad ejemplar.
El tiempo ha terminado haciendo justicia con su figura. Porque si algo enseñó Fandiño fue que el valor auténtico no consiste sólo en ponerse delante del toro, sino también en mantenerse fiel a uno mismo cuando soplan vientos en contra. Por eso, nueve años después de su adiós, su recuerdo sigue creciendo. Como crecen los mitos. Como crecen los toreros que, sencillamente, se hicieron eternos.